Deja que coloque
en tu almohada
nuestros besos;
deja, desnuda mi piel,
que te acompañe,
y el aroma de nardo
te transite;
que la mañana, tan fría,
te despierte
con olores de palabras
que resuenen
en ecos de mi cuerpo,
y te abracen;
pon a mi espalda
tu triste noche;
que los duendes
vigilen nuestros sueños;
la ironía
ilumine los momentos;
deja que tiemble yo,
que pase el día;
que te sienta detrás
como ése viento
tan dulce, de poniente,
sol que arde;
que tu pasión se funda
con la mía;
que, abrazado a tu pecho,
ahora me duerma;
que sienta ya tu piel
cómo un hechizo;
llévame, muerto de amor,
a nuestro aire,
en carrozas de risas
y rocío;
déjame que te tome
por el talle,
que devore tranquilo
tu sonrisa;
que los dioses gobiernen
nuestro baile
en los días prometidos
del estío.

















































